TUNA DE ANTIGUOS ALUMNOS SALESIANOS

Otra noche de la Aurora… y van 30

 

Las 18:00. Ya estoy nervioso porque aún estamos en casa de mis suegros con la familia y esta mañana se me olvidó sacar el traje de tuno y no recuerdo si hay algo que arreglar o si me falta algo. Por fin consigo arrancar a los niños y vamos para casa. Subo al armario de la buhardilla y bajo el traje. Al abrir la cremallera de la funda, tengo la sensación de estar descubriendo un tesoro escondido. Inspecciono el interior… Sí, está todo, incluida la beca. Este año no voy a volverme loco buscando a ver en qué cajón se guardaron las medias tras lavarlas la última vez que me las puse.

Ahora a la ducha, pero antes hay que afeitarse y, como casi todos los años, con la espuma de afeitar ya en la cara, dudo si afeitarme o atreverme por fin a dejarme “perilla”, porque a Roco y a Asurancetúrix les queda bien con el traje. No, mejor no. El año que viene. Es que tiene uno tan poca barba…

Tras salir de la ducha, llega el momento de ponerse el traje. Cuando intento abrocharme el pantalón, encogiendo la barriga y retorciéndome cual culebra de río, recuerdo el día que fui a recogerlo a la tienda todo ilusionado con apenas 20 años. Al probármelo, cabíamos dos como yo en el traje. “Señora, me ha dado usted el traje de otro más grande que yo”, le dije a la costurera. “No, no. Es el tuyo”, respondió ella. “Y entonces, ¿cómo apuntó usted mis medidas cuando vine el otro día?”, le pregunté sorprendido. Y ella me respondió con aire de frase lapidaria: “No te preocupes, que ya lo llenarás”. En este momento, cuando por fin puedo abrocharme el pantalón y liberar el aire que me explota en los pulmones, me doy cuenta de cuánta sabía esa gran costurera.

A las 20:00 hemos quedado en la sala de tuna en los salesianos para afinar y a las 19:45 ya estoy listo y marcho para el colegio. Una vez allí, la alegría de encontrarme con compañeros a los que hace un año que no ves, desde la última noche de la Aurora.

A eso de las 21:00 un novato que llega a la sala para avisar de que la misa está acabando, que la iglesia está llena y que la Auxiliadora, un año más, nos espera para que comencemos a sus pies nuestra noche de ronda. Puestos a sus pies entonamos las tradicionales coplas de la Aurora y la Rosa y me emociono al bajar la mirada y contemplar en el atrio a una patulea de chiquillos con cara de ilusión y alegría por ver a sus papás vestidos de tunos y cantando a la Virgen.

Tras la ronda a María Auxiliadora, tenemos una ronda sorpresa de camino a la Parroquia de san Francisco Solano. Al parecer, no nos esperan, así que hay que moverse silenciosamente. Últimos retoques a la afinación, colocación estratégica y comenzamos a tocar. Pasados unos instantes se abre la ventana y asoman dos caras ilusionadas y de ojillos brillantes con una sonrisa boba al ver a la Tuna de AA. AA. Salesianos de Montilla cantándole una serenata. Y es que a lo largo de estos años he podido comprobar que ese rubor y alegría que muestran las caras de las mujeres a las que rondas en la noche de la Aurora no entienden de edad, condición social o estado civil.

Por fin llega el momento de trasladarse a la casa de Solano para rondarla a Ella, a la Virgen de la Aurora. Entramos entre la multitud que se agolpa junto a la reja de la iglesia, nos colocamos como podemos (este año somos más de 30…) y cantamos a nuestra patrona, que este año parece más guapa que los 29 precedentes. En esos momentos dejas de oír a la gente que te rodea y a tu mente vienen montones de recuerdos de los años pasados. Los 30 minutos de la ronda pasan en un suspiro y a los sones de pasacalles salimos entre los aplausos de los fieles que se agolpan a los pies de su patrona para honrarla un año más. Y mientras nos alejamos, preparando el cuerpo para una larga noche de fiesta con cena de fraternidad y rondas variopintas, pido a la Virgen que me permita volver al menos 30 años más a rondarla en compañía de mis amigos de la Tuna de AA. AA. Salesianos. Porque, como dice la canción, “mientras el cuerpo aguante, seré tuno hasta morir”.